Colmillo blanco
Quiero exponer los fragmentos que más me han impactado de esta maravillosa aventura que nos narra Jack London sobre un perro-lobo, una historia sobre la naturaleza más salvaje e indómita y su relación de lucha, posesión y amor con el hombre.
"El lobezno comenzó a acompañar a la madre a cacerías en las que aprendió mucho sobre cómo tomar parte en el juego. Y en su simplicidad aprendió la ley de la carne. Había dos tipos de vida, la suya y la de los demás. La suya incluía todas las cosas vivientes que se movían. Una parte era como la suya que mataba y devoraba y estaba compuesta por los que no mataban y por pequeños predadores. La otra parte mataba y devoraba a los del grupo a los que pertenecía el lobezno o bien morían y eran dovorados por estos últimos. Y englobando esta clasificación estaba la ley. El objeto de la vida era la carne. La ley era: DEVORAR O SER DEVORADO. El no formulaba la ley de forma tan clara ni establecía los conceptos ni moralizaba. Ni tan siquiera pensaba en esta ley; tan sólo vivía la ley sin pensar en ella.
La ley era vivida a su alrededor por todas las cosas vivientes y él mismo era parte y parcela de la ley. Él era un predador. Su único alimento era la carne, la carne viva, que escapa veloz ante él o que remontaba el vuelo hacia los cielos o que se escondía bajo tierra o que le presentaba cara y luchaba o que invertía el juego y corría tras él.
Si el lobezno hubiera pensado como lo hacen los hombres, habría calificado la vida como un voraz apetito y el mundo como el lugar en el que vagan multitud de apetitos persiguiendo y siendo perseguidos, cazando y siendo cazados, devorando y siendo devorados y todo ello en la ceguera y confusión, con violencia y desorden, un caos de gula y matanza gobernado por la suerte, la ferocidad y la casualidad en un proceso sin fin.
Pero el lobezno no pensaba como los hombres. Sólo tenía un propósito y tan sólo podía asimilar un deseo al mismo tiempo. Además de la ley de la carne, había miles de diversas y más pequeñas leyes que debía aprender y obedecer. El mundo estaba lleno de sorpresas. El aliento de la vida estaba en él, el movimiento encadenado de sus músculos era una fuente de inagotable felicidad. Encontrar carne significaba experimentar pánicos y alegrías. El mismo terror y el misterio de lo desconocido eran los alicientes de su forma de vida.
Y había también momentos de descanso y satisfacciones. Tales cosas eran la recompensa a sus ardores y fatigas y el premio se encontraban en ellas mismas. No eran más que expresiones de la vida y la vida siempre es alegre cuando se expresa a sí misma. Así pues, el lobezno no estaba enemistado con su entorno hostil. Estaba muy vivo, muy feliz y muy orgulloso de su existencia.

"Colmillo blanco no amaba a castor gris, sin embargo le era fiel. No podía evitarlo. Aquella fidelidad era una cualidad del barro con el que le habían creado. Representaba la cualidad típica de su especie, la cualidad que la apartaba de las demás, la cualidad que le había capacitado al lobo y al perro salvaje para abandonar el campo y convertirse en el compañero del hombre"








































alvaro dijo
Sigue adelante con tu gran blog,es buenisimo.
La novela es muy buena y la peli la mar de digna también.Buenos fragmentos has puesto.
3 Mayo 2009 | 02:50 PM