El origen de la guerra
Habría que remontarse al Paleolítico para bucear en el origen en las relaciones entre el lobo y el hombre. Cuando toda Eurasia estaba cubierta por las tundras y las taigas, cuando el clima glacial en sus intermitencias hacía fluctuar una poderosa fauna de renos, caballos salvajes, bisontes, uros y ciervos, dos poderosos cazadores se repartían el gran tesoro de proteínas vivientes. Eran dos cazadores sociales, comunitarios, jerárquicos. Ambos vivían en clanes que podían alcanzar más de cincuenta individuos, ambos poseían finos medios de comunicación al servicio de su estrategia venatoria, ambos podían abatir desde el gran bisonte a la pequeña liebre gracias al
trabajo combinado de varios miembros del grupo. Estas dos poderosas criaturas que se enseñorearon durante milenios de la fauna holártica y pudieron sobrevivir única y exclusivamente de la caza mientras Eurasia fue un paraíso animal, eran el lobo y el hombre paleolítico.
¿Hasta qué punto la competencia entre los dos únicos cazadores sociales de la región holártica resultaba perjudicial para ambos? Todo parece indicar que hasta la aparición de la agricultura y el pastoreo el hombre y el lobo compartieron el hemisferio norte sin hacerse una verdadera guerra. Cazadores paleolíticos históricos, como los pieles rojas de los bosques y las praderas norteamericanas o los actuales esquimales e indios del norte del Canadá, carecen en absoluto de la fobia antilobo. Es más, atribuyen a su competidor todas las virtudes del cazador perfecto. Entre los pieles rojas de la época de los pioneros del oeste americano era común que los más audaces guerreros y los mejores cazadores llevaran el nombre de este animal. Lobo-rojo, Lobo-gris y otros muchos "bravos" dejan bien patente la admiración que el hombre primitivo sentía por la resistencia, la fuerza, la inteligencia y la bravura del lobo.
El lobo se transformó en un proscrito, en un animal fuera de la ley, cuando el hombre se hizo agricultor y pastor. La arribada del Neolítico acarreó profundísimas transformaciones con el comportamiento humano. Quizá la más básica fuera la del nacimiento del sentido de la propiedad. Porque antes de su domesticación, los animales salvajes no pertenecían a nadie, sino al cazador que los cobraba. Los inmensos bosques y praderas tampoco tenían dueño. La humanidad se movía por tan inmensas áreas y en tan pequeño número que la tolerancia territorial debía ser tan grande como en los actuales pigmeos o bosquimanos. Pero el hombre, con el advenimiento del rebaño doméstico o la parcela cultivada, de nómada pasó a ser sedentario y de tolerante vecino se transformó en feroz defensor de sus propiedades. El único animal que de una manera tenaz le hacía pagar un tremendo tributo en sus rebaños domesticados era el lobo, que, agotados los animales salvajes, que habían sido sus presas naturales durante milenios, se hizo parásito del hombre en amplias zonas de su hábitat, ejerciendo una permanente predación sobre ungulados tan fáciles de cazar como las ovejas, las cabras, los bóvidos o los caballos domésticos.

"En plena orgía de domesticación el hombre domesticó al propio hombre. Un profundo abismo separó lo salvaje de lo doméstico: lo libre de lo que tenía dueño. El hombre rompió el cordón umbilical que le unía a la madre Naturaleza".
Félix Rodríguez de la Fuente







































alvaro dijo
Felicidades!Me ha encantado este artículo tuyoo
23 Mayo 2009 | 03:25 PM