El lobo en expansión
La batalla entre el lobo y el ganado doméstico siempre la gana el lobo. Al menos así viene sucediendo desde fechas inmemoriales. Y aunque la Biblia describe al cánido como

«animal sanguinario y peligroso», en la noche de los tiempos el hombre y el lobo fueron colaboradores por el propio interés recíproco, es decir, por razones venatorias, para matarse el hambre uno a otro. Los dos poseían la misma organización social.
El hombre convirtió al lobo en perro y al domesticar al ganado entró en conflicto con el cánido, un animal que fue perseguido con saña en España hasta la entrada en vigor de la Ley de Caza de 1970, que le trasladó de la condición de alimaña a la de especie no cinegética. La presencia del lobo parecía desde entonces testimonial, pero desde 1995 las manadas volvieron a imponer su ley en territorios al Norte del río Duero.
Una familia de lobos controla 200 kilómetros cuadrados y cada ejemplar adulto puede engullir tres kilos de comida a la vez y hasta trece cuando se encuentra hambriento. Los ganaderos de la Montaña de Covadonga sufren ahora las consecuencias de una elevada población de cánidos y argumentan que «está bien que haya lobos, pero nosotros no tenemos por qué abastecer su despensa».
Los lobos gozan de la protección de grupos ecologistas. Esas asociaciones proteccionistas son escasas, sus directivos caben en un taxi, reciben subvenciones y meten mucho ruido. Los ganaderos afectados son miles, necesitarían una flota de autobuses para desplazarse, también reciben subvenciones y nadie escucha sus lamentos. Los políticos no mueven ficha porque la enorme bolsa de votos se encuentra en Gijón, Oviedo, Avilés, Langreo, Siero y Mieres, donde ha calado el discurso conservacionista y se han vuelto insolidarios con el medio rural.





































